Move, the best you can do

Es increíble. La vida, digo. A veces estas arriba, otras mejor no levantarse. “Or high up above or down below” decía Coldplay. Cuantas vueltas.

A día de hoy estoy viviendo una experiencia diferente: mi hermano se ha ido a Estados Unidos durante un año escolar como parte de un programa de intercambio. Por consiguiente, mi familia ha acogido a una estudiante americana. Tan solo lleva aquí dos semanas y ya ha visto media Costa Brava. “Uau! Bonito!” es lo único que sale de su boca. Y yo me pongo en su piel y pienso: “debe estar extasiada, qué suerte ha tenido al caer en esta zona”.

Pero, ¿qué digo? No te puedes poner en la piel de nadie. No puedes cambiarte los ojos por otra persona. Contumaz manía filantrópica de los seres humanos. No hace falta cambiarte los zapatos con nadie. Eres un afortunado. Soy afortunada.

Porque sé que solo necesito mis Nike, 50 Cent en mis auriculares y cuarenta minutos para desconectar y conectar conmigo. No, ni siquiera eso; menos, segundos.

Ese inefable momento en que ¡uau!, paz. Nada más. La magia del deporte, del caminar o correr. Ni la ubicua tecnología tiene la potestad de hacernos abrir los ojos en lugar de cambiárnoslos por los de otros. De verdad, probadlo. No cojáis el teléfono. Ata a tu perro y ves al campo de detrás de tu casa. O al parque de enfrente. ¿No tienes perro? Sal. Tú solo. Nadie te conoce mejor que tú.

Es increíble. La suerte que tenemos, digo.

 

 

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